Blog TSF

El negocio de la pobreza

Blog TSF, María Ferreira l

Mirad las siguientes fotos y decidme qué veis.

‘Niños pobres’, diréis algunos.

Un negocio, señores. Lo que vemos en estas fotos es un negocio. Vamos a imaginar por un momento que sin dar ninguna explicación subimos estas fotos a la página web de una ONG cualquiera. Las personas que visiten la web no tendrán información sobre quiénes son estas personas, por qué van descalzas, por qué sus ropas están rotas. Son niños pobres. Necesitan ayuda. Apretemos el botón de donar. Listo. Sin involucrarnos más. Sin más información.

El orfanato donde residen estos niños recibe de media unos 1800 euros al mes. Y estamos hablando de un orfanato pobre. Los hay que reciben mucho más. Sin embargo cuando vamos a visitarlo no vemos ni rastro del dinero. El lugar está extremadamente sucio, los niños juegan al fútbol en una habitación con una sola ventana que da a un patio interior. Muchos tosen. Los dormitorios son húmedos y los colchones están plagados de chinches.

La directora nos muestra el edificio y nos cuenta historias tristes como si de una atracción turística se tratara. El cuadro es miserable. Pero es así como funciona el mundo, amigos.

¿No sería mejor desmantelar un lugar así?, me pregunto. ¿No sería mejor abolir estos orfanatos infectos que acumulan niños hambrientos como producto? Al final este tipo de refugios se asemejan más a un centro de peregrinaje del blanco bueno que viaja convencido de que su mera presencia puede cambiar algo. Dejemos de engañarnos; las buenas intenciones y la bondad por sí mismas no cambian absolutamente nada. La pobreza vende muchísimo, llama la atención, la pena mueve dinero. Pero ese dinero se va a los bolsillos de las personas que mantienen la miseria como negocio.

Parece que cuestionar la pobreza nos convierte en malas personas. Como si esta fuera un todo intocable y no una consecuencia. Este es un error categorial muy gordo. Hay casos en los que la pobreza es perpetuada por aquellos que más parecen luchar contra ella. (Cuidado, critico aquí a estos modelos de negocio, no a las miles de personas en el mundo que dedican su vida a los demás y que cuentan con toda mi admiración.)

‘No hay dinero’, se quejaba la mujer.

‘¿Y las donaciones?’, le pregunté.

‘Cuesta mucho mantener a los niños’, explicaba ella.

‘Sí, pero los niños no comen más que ugali. Los niños van descalzos. Los niños no tienen ropa. ¿Usted gasta el dinero en qué?’

‘En el lugar, en el agua, en pagar la electricidad’.

¿Ayudar? Ayudar sería coger todo ese dinero y meter a esos niños en un internado donde tengan las condiciones necesarias para estudiar y formarse. Pero entonces el producto se desvanece. Adiós al romanticismo del orfanato africano. Mantener un orfanato de veinte niños cuesta tres veces más que pagar directamente su educación (comida y alojamiento incluidos).  Adiós a los museos de la pobreza.

¿A dónde irán los turistas bondadosos a hacerse fotos?

Y es que parece que en el mundo ONG importa más “la buena intención” que los resultados. Abolamos  las premisas intelectuales de dichas organizaciones, abolamos las buenas intenciones, abolamos la ayuda, creemos sistemas educativos justos que no provengan de la caridad mal entendida sino de los mismos derechos humanos. El derecho a la educación de calidad. El derecho a ser niño. El derecho a no pasar hambre.

Acabemos con la idea de la donación y cambiémosla por la de inversión: invirtamos en jóvenes de futuro brillante capaz de sacar adelante estos países. Reivindiquemos la parte activa de quien invierte. Dejemos de asociar la idea ONG a la pobreza y empecemos a asociarla a innovación, educación, excelencia, honestidad. Distanciémonos de todo sentimentalismo a la hora de abordar estrategias y objetivos. La caridad nos lleva de vuelta a un discurso colonial que no debería tener cabida en las premisas de ninguna organización.

Quizá entonces se acabarán las oportunidades del voluntariado tal y como lo conocemos (porque en cambio habrá profesionales competentes sobre el terreno). Se acabará con “el viaje de lavado de conciencia” y se acabará, de una vez por todas, con el miserable negocio de la pobreza.

María Ferreira

Noreste de Kenia: El futuro del NO

Blog TSF, María Ferreira l

“Soy la tercera mujer de mi marido, tengo quince años y he abortado porque no quiero tener hijos”, relata Aisha en una clínica de Liboi, una ciudad del Noreste de Kenia a tan solo dieciocho kilómetros de la frontera con Somalia. “Tampoco quiero estar casada, pero no tengo dinero ni estudios así que no tengo a dónde ir”. La clínica, situada a las afueras de la ciudad, es una de las pocas que realizan abortos en la zona, práctica ilegal en todo el país. Según la constitución el aborto sólo está permitido en caso de que la vida de la madre corra peligro.

Liboi forma parte de la provincia de Garissa, donde la población es de mayoría Somalí. La población se enfrenta a una situación de ambigüedad entre las leyes de Kenia, las leyes islámicas y la fuerte tradición cultural. La Mutilación Genital Femenina (MGF) es ilegal en Kenia desde el año 2011, sin embargo según la tradición somalí una mujer ha de estar mutilada para poder casarse, por lo tanto la ablación ha de practicarse en secreto, sin asistencia médica profesional y sin condiciones sanitarias adecuadas.

Nadira, enfermera somalí residente en Liboi, explica que la carencia de educación sexual en la zona y la existencia de tabúes a la hora de hablar de contracepción y salud reproductiva ponen en riesgo la vida de muchas mujeres que abortan en clínicas clandestinas donde a veces se utilizan instrumentos sin esterilizar.  Según un estudio llevado a cabo por el African Population and Health Research Centre en 2013 se llevaron a cabo 464,690 abortos en Kenia y más de 20,000 mujeres son hospitalizadas cada año a causa de complicaciones derivadas de esta práctica. “Hay mujeres que vienen a comprar píldoras anticonceptivas, pero jamás lo admitirán públicamente ni hablarán de ello a sus hijas”, cuenta Nadira. El cuerpo de la mujer, en esta zona, es el campo de batalla entre la tradición y los derechos humanos.  “Incluso el uso de preservativos se asocia en el discurso de muchos imanes al fracaso en el matrimonio y a la depresión y suicidio entre los adolescentes que practican sexo prematrimonial”, añade.

“La planificación familiar es considerada en esta zona como una imposición de los valores occidentales, esto produce rechazo ya que se entiende como un intento de control e incluso de conspiración para limitar el número de nacimientos de Musulmanes”, explica Assad Mohamoud, ginecólogo somalí residente en Toronto.

Aisha se casó cuando cumplió los catorce años y acababa de empezar la escuela secundaria. Tuvo que abandonar el instituto para dedicarse a las labores del hogar, junto a las otras dos mujeres de su marido. Aisha depende completamente de él. Al no haber continuado con sus estudios, ni haberse formado en ninguna profesión, no puede trabajar fuera de casa. El único acto de libertad que ha emprendido ha sido el de abortar, y eso le ha provocado una infección uterina con complicaciones que la mantienen ingresada en el hospital de Garissa. “Si mi marido se entera será una desgracia para mi familia”, explica. “Por eso mi madre está cuidando de mí”.

“Ninguna niña debería verse sometida al matrimonio forzado, al igual que ninguna niña debería verse sometida a la Mutilación Genital Femenina. Tampoco deberían verse privadas del derecho a una educación de calidad”, declara Iman Maalim, profesora de inglés en Garissa. “Pero esta es la realidad aquí. Una realidad que se permite desde el gobierno local, desde la policía y desde los directores de muchos colegios”.

La mayoría de las mujeres hospitalizadas a causas de complicaciones del aborto tienen entre 14 y 25 años, la mayoría de ellas sin estudios secundarios finalizados según el African Population and Health Research. Esto pone un foco de esperanza en la educación. ¿Qué pasaría si a todas estas mujeres se les hubiera facilitado la asistencia a un instituto o a un centro de formación profesional? Debemos poner todos nuestros esfuerzos en hacer saber que la verdadera necesidad en estas zonas es la libertad de las mujeres, su independencia. El futuro en esta zona de Kenia nacerá del NO rotundo de las mujeres. No a la Mutilación Genital Femenina. No al matrimonio forzado. No a la prohibición de métodos anticonceptivos. No al abandono escolar. No.

María Ferreira